HISTORIA DE ADRIÁN MATEO
Hola, me llamo Adrián, tengo 11 años, casi 12, y soy de Ávila. Hace justo un año me diagnosticaron un osteosarcoma en el húmero derecho.
Todo empezó en verano. Entre la piscina, el fútbol y las salidas con amigos, noté un dolor intermitente en el brazo. Mis padres observaron que lo movía de forma diferente y me llevaron al pediatra. Una radiografía mostró una lesión; después llegaron una resonancia, un TAC y la derivación al hospital La Paz de Madrid. Al principio parecía un quiste óseo, pero las pruebas confirmaron el diagnóstico: osteosarcoma telangiectásico.
Cuando llegué a la consulta vi a mis padres muy preocupados. Ese día el oncólogo nos explicó el tratamiento. Al salir, al ver sus caras, les dije: «¡Cambiad esa cara, peor hubiera sido que me dijeran que tengo cáncer!». Entonces me explicaron que eso era precisamente lo que tenía. Desde aquel momento siempre me han contado todo. El plan era recibir quimioterapia para reducir el tumor, operarme para eliminarlo y volver a recibir quimio por si quedaba alguna célula rebelde. Así empezó mi nueva realidad: cambié el colegio y las tardes de fútbol por clases en casa y en el hospital, ingresos, pruebas y tratamientos.
La quimio no me sentó demasiado mal, aunque perdí el apetito y el pelo. Pasaba una semana ingresado cada vez. Allí hice amigos que estaban como yo y pude jugar con ellos, con los voluntarios y con el personal del hospital, que es maravilloso.
Al terminar la primera fase, las pruebas mostraron que el tumor había crecido seis veces pese a la quimio. Como había afectado a muchos tejidos y nervios, existía la posibilidad de que tuvieran que amputarme el brazo. Mi traumatóloga y mi oncólogo me repetían: «Adri, lo primero es la vida». Fueron días eternos, llenos de preguntas, dudas y miedo. Me operaron a primeros de diciembre durante ocho o nueve horas. Los médicos hicieron un trabajo insuperable: eliminaron todo el tumor y pude conservar el brazo. Al despertar de la anestesia solo quería ver un partido de la Copa del Rey.
Después continué con la quimio y empecé rehabilitación. Mi brazo tiene movilidad reducida, pero ya puedo hacer el tratamiento en mi ciudad y he vuelto a casa. Durante todo este tiempo he recibido el cariño de mi familia, amigos, compañeros, profesores, equipo de fútbol —que llevó mi número en la equipación—, personal del hospital, voluntarios y otros pacientes. He descubierto cuánta gente me quiere y me esperaba. GRACIAS A TODOS.